Ponencia
“Violencia de género como instrumento de desigualdad”
de Andrés Montero Gómez
Andrés Montero Gómez, Presidente
de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia,
y miembro de la Comisión de Personas Expertas del Observatorio
Estatal sobre Violencia de Género presentó el pasado
noviembre, en el Palacio Kursaal Jauregia de Donostia-San Sebastián,
sede de la celebración del congreso SARE, edición
2008, —“Espacios y tiempos para la igualdad: masculinidad
y vida cotidiana”—, la comunicación “Violencia
de género como instrumento de desigualdad”.
Introduciendo la definición
que del concepto “violencia” acuñó la
Organización Mundial de la Salud en 1996 como “uso
intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o
como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad,
que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte,
daños psicológicos, trastornos del desarrollo o
privaciones”, Andrés Montero Gómez efectúa
una crítica a la conceptualización “medicalizada”
de la violencia pues, basándose en que —desde el
marco de la salud pública— la conductas violentas
atentan contra ésta, se populariza la figura del agresor
como víctima de un problema de actitud y de conducta, cuya
curación es posible con el tratamiento psicoterapéutico
y médico apropiado. Pero no se le reconoce como a alguien
que de manera deliberada y consciente inflige violencia por decisión
propia, empleándola como instrumento para someter y anular
a su víctima.
Frente a este modelo
de pensamiento enraizado en el poder, la dominación
y la disimetría— el modelo construido sobre
sus principios contrarios: la igualdad y la simetría
entre hombres y mujeres, para garantizar el repudio al
maltrato por motivos de género.
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Alcohol, drogas, celos, problemas
laborales, falta de control de impulsos y trastornos psíquicos
figuran recurrentemente entre las respuestas de las personas a
quienes se inquirió por las causas de la violencia masculina
mediante las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas
estatal y del Eurobarómetro de Bruselas, a modo de buscar
en causas externas la justificación psicológica
de una conducta rechazable por las normas sociales. Sin embargo
—sostiene Montero— “en ningún momento,
o en muy pocas ocasiones y personas, se parte de la base de que
un hombre está agrediendo porque quiere agredir, porque
considera que es la conducta más efectiva para conseguir
un propósito, propósito que responde a su manera
de entender su relación interpersonal con una mujer y al
papel que ésta tiene que representar en esa relación”.
Con rotundidad, el experto desecha
la enfermedad mental como condicionante del proceder violento
en los agresores, trayendo a colación dos corrientes de
pensamiento psicológico: la escuela innatista y la interaccionista.
La primera de ellas sostiene que la agresividad instintiva, inmanente
a la naturaleza humana y controlable mediante estrategias catárticas,
puede llegar a acumularse en nuestro interior hasta alcanzar tal
punto de saturación que nos conduce a proyectarla al exterior,
mientras la interaccionista postula que la agresividad procede
de la relación establecida entre la persona y su entorno.
Ambas teorías descansan sobre los componentes de la violencia,
diferenciándose en que una se centra en el biológico,
otra en el adquirido.
Cuestionados los autores
del maltrato en reconocimientos psicológicos, se
declaran inocentes del delito, admitiendo no “hacer
nada malo”, sino intentar corregir una conducta
impropia de mujeres.
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Si bien concede Montero que el consumo
de alcohol y las drogas por parte de los maltratadores puede repercutir
en la facilitación de la violencia, su uso no pretexta
la falta de conciencia de los que agreden a las mujeres ya que,
cuestionados los autores del maltrato en reconocimientos psicológicos,
se declaran inocentes del delito, admitiendo no “hacer nada
malo”, sino intentar corregir una conducta impropia de mujeres,
de acuerdo a unas normas aprendidas e interiorizadas sobre el
castigo que debe imponerse a las transgresiones del comportamiento
femenino, cimentado en las convenciones que rigen las relaciones
interpersonales entre mujeres y hombres.
“En ningún
momento, o en muy pocas ocasiones y personas, se parte
de la base de que un hombre está agrediendo porque
quiere agredir, porque considera que es la conducta más
efectiva para conseguir un propósito, propósito
que responde a su manera de entender su relación
interpersonal con una mujer y al papel que ésta
tiene que representar en esa relación”.
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Puesto que quienes emplean la violencia
como herramienta de sometimiento han interiorizado los beneficios
que les reporta la repetición de su conducta, convencidos
de continuar manteniendo su posición de superioridad respecto
de las mujeres a las que agreden, se propugna —frente a
este modelo de pensamiento enraizado en el poder, la dominación
y la disimetría— el modelo construido sobre sus principios
contrarios: la igualdad y la simetría entre hombres y mujeres,
para garantizar el repudio al maltrato por motivos de género.
Aquellas personas interesadas en
acceder a la consulta del texto completo, tienen a su disposición
la ponencia en la siguiente dirección:
http://www.sare-emakunde.com/media2/contenidos/archivos/Montero.A_07_cast.pdf

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